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Dr. Herman Vildózola Gonzáles

Decano de la Facultad de Medicina de San Fernando UNMSM

 

Todos somos conscientes del desarrollo de la técnica y la tecnología en todos los campos del saber humano. La medicina como ciencia y arte, que se encarga del más preciado de los dones humanos: la vida, no podía permanecer al margen del avance científico y tecnológico.

 

Hasta ahí, no habría ninguna objeción, al contrario, cuanto mayores sean los recursos tecnológicos con que cuenta el médico para tratar a los enfermos, las posibilidades de recuperación de estos son mayores; sin embargo, quizás, producto de este mismo desarrollo, ha ido creciendo una situación verdaderamente paradójica. Esta paradoja consiste, en que por un lado, la medicina mantiene el mismo nivel de desarrollo tecnológico que cualquier otra ciencia, pero al mismo tiempo el médico que es un intermediario entre esos recursos y el paciente, se ha ido inclinando cada vez más hacia los recursos tecnológicos y por tanto alejándose del paciente; y es curioso, pero la insatisfacción de los pacientes y la frustración contenida del médico, son cada día mas evidentes. Esto motiva una reflexión, y como producto de esa reflexión surge de nuevo con caracteres nítidos la figura injustamente marginada y lo que es peor menospreciada del médico de cabecera o el médico de familia.

 

El médico de familia no solo representa la imagen del servicio a sus semejantes, sino algo que ni las computadoras ni los equipos electrónicos más sofisticados ni los aparatos modernos, tienen ni tendrán nunca en sus relaciones con los seres humanos, la capacidad de comprender al paciente, a su entorno familiar, social, la capacidad de compartir sus angustias, de compartir su dolor y la capacidad finalmente, de expresar en una palabra de aliento toda la fuerza interior de que es capaz un ser humano y que transmitida con convicción a otro ser humano, obran el milagro del entendimiento entre personas; por eso, el médico de cabecera o médico de familia, humilde, sencillo, pero, por encima de todo humano, cumple cabalmente este antiquísimo aforismo médico: si no se puede curar entonces mejorar, si no se puede mejorar entonces aliviar, y si no se puede aliviar entonces consolar.

 

Lima, 02 de abril de 1981

 

 

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